Coment No. 78, 1 de diciembre de 2001

      RUSIA, 2001

      Cuando Vladimir Putin se convirtió en presidente de Rusia, no hace de ello tanto tiempo, las cartas con que contaba para jugar en la escena internacional eran relativamente escasas. La economía rusa estaba por los suelos, y grandes segmentos de la población vivían en condiciones peores que en los últimos años del régimen soviético. El gobierno central se hallaba amenazado por los barones locales y regionales que habían usurpado gran parte del poder político real, así como por un movimiento secesionista muy tenaz en Chechenia. Las fuerzas armadas se mostraban descontentas, añorando el poder relativo perdido en la arena mundial y sin muchas perspectivas de mejora inmediata. Por el contrario, se desangraban y se sentían cada vez más impopulares debido a los pocos éxitos de la guerra en Chechenia.

      Las instituciones financieras mundiales se manifestaban hartas de verter fondos en el sumidero en que se había convertido la economía rusa. Estados Unidos menospreciaba a Rusia políticamente, procediendo a la incorporación a la OTAN de países fronterizos con Rusia. Europa occidental se sentía enojada por la actitud rusa en el conflicto yugoslavo y desengañada por las inversiones económicas sin fruto. Los chinos parecían ignorar a Rusia, cuyo crédito en Oriente Medio y otras regiones del Tercer Mundo decrecía constantemente. Y por supuesto, los es satélites de Europa central y oriental hacían cuanto podían imaginar por empeorar la vida de los rusos.

      En tales circunstancias, y a pesar de que no parecía muy prometedor, es notable cómo han cambiado las cosas con Putin en sólo dos años. Se ha mostrado como un líder muy enérgico, mucho más inteligente de lo que nadie podía pensar (después de todo, se suponía que no era más que un apparatchik del KGB), y muy hábil diplomático.

      Comenzó por el principio, asentando su base doméstica. Liquidó a los barones y recentralizó el Estado, emprendiendo una activa campaña contra los chechenos, sin perder demasiadas vidas rusas. ¡No ha ganado esa guerra, lejos de ello! Y ha sufrido muchas críticas internacionales por la violación de derechos humanos. Pero a diferencia del vacilante Yeltsin, consiguió convertir la guerra contra los chechenos en una fuente de orgullo popular ruso por a su «vigoroso» liderazgo, en lugar de quejas y murmuraciones. El ejército parece convencido de que hará cuanto pueda, dentro de los límites de un presupuesto exhausto, por satisfacer sus necesidades.

      A continuación emprendió una política exterior en todas direcciones (tous azimuts, como dijo de Gaulle en 1968 acerca de la estrategia nuclear francesa). Viajó a China, estableciendo una sigilosa alianza sobre dos cuestiones: contrarrestar el avance del islamismo en Asia central, y tratar de limitar el poder estadounidense en el mundo. Viajó a Alemania, y encantó al Bundestag no sólo hablando en alemán sino aparentando ser un tipo muy razonable. Revigorizó los lazos rusos con Irán, pero también le fue diplomáticamente útil a Iraq. Hasta consiguió que el primer ministro de Israel visitara Rusia.

      Con algo de paciencia, persuadió a George W. Bush para que se encontrara con él en Eslovenia. Y Bush miró a los ojos a Putin y anunció al mundo que podía confiar en él. En eso dejó muy atrás a Gorbachev, quien sólo consiguió que Reagan dijera: «confío, pero iremos comprobando».

      Mejoró las relaciones con el FMI y el Banco Mundial, e impulsó una mejora de la industria petrolífera rusa, que ahora proporciona el 40 por ciento de los ingresos gubernamentales.

      Y entonces sobrevino el 11 de Septiembre. Putin estaba dispuesto a sacar la máxima ventaja posible del rápido ajedrez mundial que se puso en marcha. Lo hizo con flexibilidad y sin ceder mucho terreno. Estados Unidos quería apoyo para su guerra contra el terrorismo, y lo consiguió. Quería llegar a ciertos acuerdos militares con Uzbekistán y Tayikistán, y Rusia no se opuso, pero tampoco relajó su firme posición en Tayikistán.

      Estados Unidos se ha mostrado dispuesto a pagar con creces esa colaboración. Uno de los principales puntos de fricción entre Estados Unidos y Rusia era la determinación de Bush para llevar adelante la defensa anti-misiles, y si era necesario dejar sin efecto el tratado con Rusia al respecto. Entonces Putin llegó a Texas, se puso las botas de cowboy, y logró que la administración Bush pospusiera, al menos por el momento, la idea de dar por finiquitado el tratado, sin respaldar en cambio ninguno de los requerimientos de la administración Bush en cuanto a eventuales cambios en éste. Todavía lo están «discutiendo». Entretanto, las críticas estadounidenses a la actuación de Rusia en Chechenia se han evaporado a raíz de la tolerancia cero de Bush hacia los terroristas. Putin era todo sonrisas. Cuando Andrei Gromyko propuso a Mijaíl Gorbachev como Primer Secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, se cuenta que dijo al Politburó que el camarada Gorbachev tenía «dientes de acero». Dejo que sea la historia la que juzgue si esa apreciación era exacta en el caso de Gorbachev, pero tengo la sensación de que los dientes de Putin sí que son verdaderamente de acero.

      Putin ha discutido también con la OTAN sobre algunos posibles acuerdos. Vio que no podía impedir la ampliación, y decidió hacer uso del viejo proverbio: «si no puedes ganarles, únete a ellos». La OTAN y Rusia están en vías de constituir un consejo especial OTAN-Rusia para cubrir preocupaciones comunes como el «terrorismo» y otras cuestiones, no dadas a conocer públicamente o quizá todavía no decididas. Y por lo que sé Rusia no ha tenido que pagar nada por ese privilegio. Se comenta que algunos países de Europa centro-oriental no esta´n demasiado felices por ese nuevo acuerdo.

      Y finalmente, aunque no con menor importancia, por primera vez en lo que soy capaz de recordar, Rusia está en el centro de las discusiones mundiales sobre el precio del petróleo. Elevarlo o bajarlo, con una decisión explícita o ajustando la producción, ha sido durante mucho tiempo privilegio de la OPEP, especialmente de Arabia saudí. Quién es quien efectivamente pulsa las cuerdas es algo que se lleva también discutiendo mucho tiempo, pero caben pocas dudas de que ese alza o rebaja tiene consecuencias muy serias para la economía mundial.

      En noviembre de 2001 el precio del petróleo se ha desplomado en el mercado mundial, y los saudíes han encabezado el llamamiento a una reducción de la producción para recuperar los precios. La OPEP se ha manifestado de acuerdo, y lo mismo ha sucedido con países no pertenecientes a ella, como México, Noruega y el Reino Unido. Pero Rusia se ha negado, y en consecuencia no se va a reducir la producción, al menos por ahora.

      ¿Por qué ha hecho eso Rusia? Putin dice que él no tiene nada que ver con ello, y que es la decisión de las empresas privatizadas que controlan actualmente la producción de petróleo en Rusia. Resulta divertido comprobar hasta qué punto le ha cogido cariño Putin a uno de los trucos favoritos de los presidentes estadounidenses, el de negar cualquier responsabilidad en lo que hacen las empresas privadas, cuando todo el mundo sabe que si el gobierno de Estados Unidos quiere realmente retorcerles el brazo, lo hace sin miramientos (muy recientemente lo ha hecho con las redes de televisión privadas para que no retransmitieran entrevistas con Osama ben Laden).

      ¿Y por qué no quiere Putin avenirse al acuerdo [con la OPEP y demás países productores de petróleo]? Cabe imaginar varias razones. Una de ellas es simplemente que Rusia considera insultante esa propuesta. En la década de 1990 Rusia redujo su producción debido al revuelo y el desconcierto económico, y los saudíes y otros se aprovecharon de ello. Ahora que a Rusia le va mejor (y pretende recuperar los ingresos perdidos), los saudíes quieren apretarle el cinturón. Una segunda razón es que a la economía rusa y a los ingresos de su gobierno les va mejor precisamente gracias a la producción petrolífera, y no desean recortarla. Una tercera razón podría ser que Rusia apunta, a largo plazo, a aumentar su cuota en el mercado mundial, por lo que está dispuesta a disminuir ahora los precios.

      Pero también hay consideraciones geopolíticas. Los saudíes están atravesando dificultades políticas. Y esas dificultades les impiden satisfacer las exigencias estadounidenses, sometiendo así a tensiones a la alianza. Rusia podría desear mostrar a Estados Unidos que es un aliado más fiable que Arabia Saudí, y comenzar a aparecer como un posible sustituto en cuanto a la producción energética. En cualquier caso, la actitud de Putin en esa cuestión no parece desagradar al Tesoro estadounidense en estos momentos.

      Mientras, los rusos han vuelto a aparecer en Kabul, a través de su delegado, la Alianza del Norte, y su agente, la fuerza aérea estadounidense. Aunque eso no convierte de nuevo a Rusia en superpotencia, le devuelve el papel de serio jugador en la escena geopolítica mundial.

      Immanuel Wallerstein (1 de diciembre de 2001).


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